RES NULLIUS

prohibido el surmenage

Tuesday, September 05, 2006


sobre el café "megalómano", cafés literarios que se encuentran en todo el mundo y donde se expulsan las conversaciones más insulsas sobre la trascendencia de un yo desesperado.

“Allí se recogerán con prisa todos los utensilios de la literatura: falta de talento, ilustración prematura, poses, manías de grandeza, chicas de suburbio, corbatas, amaneramiento, dativos equivocados, monóculos y nervios secretos. Hay que llevárselo todo. Vacilantes poetas serán sacados afuera, suavemente serán arrastrados. Extraídos de oscuros rincones, se asustan ante el día, cuya luz los ciega, cuya abundancia los abruma. La vida romperá las muletas de la afectación…”
KARL KRAUS
homenaje a los escritores que pervierten la literatura por miserias interiores de identidad.

Saturday, July 29, 2006

narciso en pleno río

la piel erizada

foto: robert mapplethorpe

Thursday, July 20, 2006



el encuentro con el chico que nunca quiso crecer

Se abre la cámara. Ellos están desnudos. La mujer no conoce al hombre. Sólo sabe que la piel magullada, el culo depilado pertenece a un hombre que salió de su trabajo a las nueve. Manejó su volkswagen hasta su casa en unos edificios en el Callao, se sirvió una taza de jugo con galletas. Encendió el televisor y se masturbó con la mujer que narraba en japonés el último bombardeo en la franja de gaza. Y la esperó. En su barrio le decían Eros, el chico que nunca quiso crecer. Había llegado de una ciudad vecina; nadie sabía más de él.
Ambos se acercan a la cámara, que ya no es una cámara sino el ojo de un hombre que ha pagado quinientos soles a la mujer para representar la muerte de su mejor amigo. Cuando termina el espectáculo, Eros sangra y la mujer llora.

Wednesday, May 17, 2006


El amor, esa humana equivocación



Marx escribió que el que creó el sexo sabía lo que hacía, y aunque todo el mundo está loco por la palabra en sí, asusta a mucha gente. Y dice que nadie anda cantando sexo me muero por ti o el sexo es algo maravilloso. Imagínense si los habitantes felices de una ciudad “asexuada” escucharan a su cantante de baladas o boleros favoritos cambiando la palabra amor por un simple SEXO, al día siguiente sería acribillado y expulsado y condenado por obsceno y atentar contra las buenas costumbres. El sexo rápidamente pasó a ser parte de una mala costumbre, esto quiere decir que somos producto de una mala costumbre.
Y esta humana equivocación, el amor, ha llenado miles de páginas, como un problema difícil de resolver como la muerte. Si realmente no fuese un problema que encierre un misterio no tendría más que una escueta definición en el diccionario de la real academia, y allí se acabaría el asunto. Pero, aparentemente divorciado del sexo, el amor ha sido considerado desde los inicios como la fuerza que unificaba los cuatro elementos para constituir el universo o cómo esa enajenación que ha originado más de una muerte involuntaria. No estamos muy seguros, y usamos las palabras para tratar de perennizarla, de darle existencia.
Y Marx, para alivio de los seguidores del filósofo alemán si es que aun queda alguno, no me refiero a él sino al actor cómico Groucho Marx que escribió POR QUÉ LO LLAMAN AMOR CUANDO QUIEREN DECIR SEXO, y en él determina que el amor es lo que queda después de haberse agotado las llamaradas de la pasión y quedan solo las ascuas. Como una especie de lucha absurda contra la soledad. Aunque es divertido compartir con alguien los momentos insignificantes de la vida con alguien, ¿ por qué elegimos a una mujer o un hombre en vez de otra persona?. ¿Por qué asegurarnos mediante este error que alguien estará allí siempre para “una larga tolerancia de los defectos ajenos” e imaginar que la conocemos y que nos conocen?. Eso sería un acto de pereza. ¿Si son las ascuas de una pasión intensa, porque no buscar siempre la intensidad cada vez que sentimos que se apaga esa llamarada? ¿ No sería más sano entregarnos al sexo intenso en vez de refugiarnos de la soledad en alguien a quien nos aferramos?
Extraviados por inventarnos un cielo infinito y eterno, son más los desengaños que los aciertos cuando nos lanzamos a conquistarlo. Ensayamos la prueba y el error, en menoscabo de nuestras salud mental. Esta aventura humana es tan desquiciada que la gente se seguirá matando porque no consigue lo que ansia o porque se ha revelado lo poco que ansiaron. El amor o el sexo sublimado seguirá llenando libros enteros y e hombre seguirá aferrado a esas dulces y humanas equivocaciones.

Friday, March 24, 2006

Crisis personales

Tengo un mal crónico. Mi cuerpo se sacude involuntariamente y tengo que tomar pastillas toda mi vida. la vida me ha demostrado que es una lucha contra mi propio cuerpo, una lucha perdida si me dejase caer siempre.

El orden de las crisis no altera el producto



Y sobre la arena murmuré que el final no llegará

Palpé su brazo lleno de carne. No parecía real, ni siquiera sus movimientos parecían de una mujer. Ni de un animal ni de un ser vivo. Como si algo inmaterial se escurriera por mi cuerpo, mostrándome una hilera de finas agujas dentro de un agujero. Me levanté y me senté en un extremo de la cama. Un leve mareo. La turbación previa. Ella empezó a acariciarme, y a susurrarme que se la meta, sentí pavor mezclado con una sensación de vómito. Caí al suelo y me vino el maldito ataque. No pude soportarlo, justo en este momento. Elena, así me dijo que se llamaba, se levantó aterrada y lanzó alaridos de auxilio. Allí se me apagó todo. Cuando me levanté, y recobré poco a poco la conciencia, vi a tres mujeres semidesnudas a mi alrededor, dándome aire. Me saqué el trapo de la boca lleno de baba y Elena me gritó enojada que le había hecho perder varios clientes. Le pagué quince soles más, y me vestí con rapidez, avergonzado por mi ataque y porque esas putas tenían compasión por mí.
La luz roja del pasillo envolvió mi cuerpo. las puertas de los cuartos se abrían y se cerraban con golpes secos. Las mujeres aburridas llamaban a los hombres que se paseaban mirándolas con deseo, acercándose para hablarles sin dulzura. Una chica me tocó el cuerpo con su mano, la sentí fría y seguí deslizándome aferrado a las paredes para no desvanecerme, una melodía me suspendía, una caricia que me circundaba como si levitase en un paisaje hecho para caer despacio. Me deshice en una esquina, sudaba gotas de hielo. Vi la puerta que se abría a la oscuridad y al desierto. Allí me dirigía, avanzando con la ebriedad de los instantes finales hacia la noche, entregado a la boca de ese titán que todo los trastocaba en terror y escoria.
No estaba en un infierno y tampoco me dirigía hacia una especie de cielo. Me dejé caer en la arena y murmuré palabras ininteligibles. El aire me elevó de nuevo y subí sobre una barca que cruzaría el río de la muerte, y atravesaré otra vez los túneles de luz hasta llegar al parque de los camaleones donde la vida era un gran estallido de vegetación y ceguera y pequeños monstruos que reconstruirían mi cuerpo como a un tejido antiguo deshecho en una batalla contra el tiempo.


Home, sweet home- super freud y todos sus amigos al rescate

Mi familia podría llamarse una familia normal: mi madre no se desprende del tabaco mientras revisa los periódicos, una vieja manía que le quedó de su trabajo de editora en una empresa periodística hace más de veinte años, mi padre viajaba constantemente a otras provincias por su negocio—ahora yo lo hago en vez de él, no sé si comencé a viajar para huir o, sentirme vivo de nuevo—, mi hermana vive en casa con su tres hijos, uno más enfermo que el otro, porque su marido la golpeaba brutalmente y ella tuvo que refugiarse de nuevo con todos nosotros. Y yo, en fin dejé mis estudios para hacerme cargo de los escombros del negocio familiar. Si pensamos en todas las manías y taras inventadas por Sigmund Freud, necesitaríamos terapias millonarias que nos pondrían al borde del colapso nervioso y económico hasta eliminarnos. No creo que nos entreguemos a la pobreza por la salud familiar. Recuerdo que una tarde vi a mi padre buscando una viga donde colgarse. Su negocio se había ido a la mierda, de la única manera que podemos imaginarnos a irse completamente a la mierda, en los ochenta. Un camión en la selva había sido saqueada por el mrta y mi padre había invertido una buena suma de dinero, y como el destino cuando muestra sus fauces mas feroces arrasa de una buena vez, el presidente alto y muy teatral acabó por joder la salud de nuestra familia y la de mi padre, ese presidente fue más dañino que cualquier acto terrorista. no sé porque elegía ese efecto teatral de colgarse de una viga en una casa construida de material noble. Se sostenía de los vanos de las puertas y probaba si resistía sus casi ochenta kilos. En el bolsillo del pantalón llevaba una soga de nylon verde. Era gruesa y fuerte. Yo lo miraba en silencio, lo seguía sin que el se diese cuenta, o creo que él ya se había percatado que estaba observándolo sin decirle nada; creo que no lo hizo porque vio que a mi me importaba poco, o porque no quería abandonarme.
A mis ocho años, yo había descubierto en mí una insensibilidad digna de un verdugo, además de mis ataques frecuentes. Recuerdo una historia que marcó definitivamente mi niñez. La revolución francesa. Lo leí en los libros de historia de mi hermana mayor. No me importaba el lema de libertad, fraternidad e igualdad. Me imaginaba que era el verdugo que soltaba la guillotina que cercenaba las cabezas de los reyes o de los condenados a la pena de muerte. No se necesitaba estudiar para hacer rodar las cabezas, me parecía tan perfecto el método que con sólo soltar un mecanismo la hoja pesada se deslizaba a una gran velocidad, cortando el aire con un efecto musical del silbido y el golpe mortal. En mi cuarto empecé a imaginar nuevas máquinas mortíferas. Deseaba superar a Schmitt, el verdadero inventor de la guillotina. Aunque sabía de la silla eléctrica o de las inyecciones letales, deseaba inventar una máquina que aumente el efecto “cinematográfico” que tiene la muerte por la decapitación de la cabeza. Una ejecución debía ser un espectáculo lleno de horror y belleza. Imaginé una especie de pulpo mecánico con cuchillas que aparte de decapitar, desmembrase al mismo tiempo, sincronizadamente. Hice mis apuntes y mis bocetos en mis cuadernos escolares. Mis primitivas máquinas las probé con unas lagartijas, pero siempre acababa cortándome y la lagartija se escabullía entre la puerta y huía. Era un desastre, pero era el precio que tenía que pagar por mis delirios infantiles.
Hasta que un día llegó Clara, una amiga de mi madre, que tenía una enormes tetas que me gustaba que me apretase contra ella al saludarla. Su marido era un psicólogo que trabajaba en una clínica y en el hospital de los policías. Y no sé por qué la amiga de mi madre llegó en su próxima visita con su marido. Tenía un enorme parecido al gordo cómico bud spencer. Cuando se reía lanzaba una carcajada que contrastaba con la seriedad que ponía cuando me miraba y me preguntaba sobre mis ideas infantiles. Algo malo vio en mí, pues me envío con un siquiatra. Allí no le dije nada de mis máquinas mortales y le dije que yo quería a mis padres, que los problemas que ocurrían en mi casa ya iban a pasar, que me gustaba ir al colegio y jugar con mis compañeros. Y otra vez vio algo malo en mí, y me recetó unas pastillitas. Todos pasamos por Freud Spencer. Después de las comidas empezábamos el concierto sincronizado de chorros de agua, sonidos de la tableta que crujía y la engullida final. Todos al mismo tiempo. mi madre, mi hermana mayor, mi padre y yo. la casa de los zombies. La casa entraba en una especie de lentitud, el letargo farmacológico. MI madre encendía en cámara lenta un cigarrillo, mi hermana se quedaba enganchada al televisor hipnotizada por el galán de telenovela y yo cada vez con menos ideas para mis máquinas mortíferas. Mi padre se marchaba a sobrevivir esta barca de un noé que se equivocó de animales y de diluvio.
Y de tanto antidepresivo mi hermana encontró el sexo para compensar la lentitud. Y para acabar de compensarla parió una niña a los dieciséis años, de Hugo, un hombre que lo único que hacía bien era babear la cuchara mientras comía. No tenía ningún vicio. Motivo suficiente para sospechar que algo andaba mal en el cerebro de este tipo. Mi padre mandó a la mierda las pastillas y mi madre aprovechaba para darse doble dosis. Y yo, para internarme más en mis nuevas lecturas de los transformers y robotech, a full color en unas revistas que me regalaba la amiga de mi madre, había descubierto que si me hacía el dormido nadie me fastidiaría. Y me “ dormía” todas las tardes después de llegar de la escuela.
Y otra vez entró Freud Spencer & CIA a poner en orden a mi familia. Nunca lo consiguieron. Al menos ellos no ayudaron mucho a mi familia, yo me las arreglé cómo pude. De alguna manera, descubrir la filosofía respondió a algunos desconciertos que me acosaban. Nunca necesité de fórmulas ni de buenos consejos. Empecé a leer unos libros de una colección de historia del pensamiento. Allí encontré algo que me ayudo a desentrañar ciertos misterios y abrirme hacia otros. Estos libros me alejaron de los fantasmas, de los sicoanalistas y de las sucias enfermedades.

Wednesday, March 22, 2006

Sino puedes renunciar y soportar...


A ian curtis.




Y mientras escucho I kill Children de los dead kennedys, pienso en todos los muchachitos que se cuelgan de una viga o toman las pastillas multicolores de sus madres o se cortan las venas o se arrojan desde un puente o se meten un tiro en la sien o dentro de la boca o se conectan una fuerte descarga a sus cuerpos húmedos o se arrojan contra las ruedas de un trailer a toda velocidad. Qué manera más absurda de jodernos la vida a los que nos quedamos. Y lo más insoportable, y hasta ridículas como una carta de amor, son eso mensajes que dejan en un papel y que tiene que estar ajado y sucio, requisito primordial. Y colocan la estúpida frasecita: “ no culpen a nadie de mi muerte”. Qué jodida forma de morir tienen esos marranitos, nunca soportaron un instante la Recepción que le hace la Gran Vida, cuando les muestra que el universo ni el mundo ni su calle no han sido creados especialmente para ellos. Y los que nunca se matan, los que pululan como pequeños bichos en el vientre de este monstruo nada amable llamado tierra, con sus discursillos suicidas en la comisura de sus labios y en sus gestos, a ellos si que les haría falta una buena dosis de gas “sarín”, tienen sus ideólogos, sus paradigmas.
Ayer, mientras iba a Pimentel, escuché a dos chicos, sentados delante de mí, hablaban amenamente sobre la muerte voluntaria. Y sacaban una retahíla de nombres. Uno hablaba de un tal Esenin, y recitó el poema final que dejó escrito. El otro no se quedó atrás, no era una cosa que el otro sea más suicida que él, y le habló de unos japoneses que se destriparon en medio del público, y sin pestañear. Eso sí, bien valientes esos japoneses al abrirse el vientre con una espada y recibir la estocada final de uno de sus amigos. Hey, les quise decir, si piensan abrirse los vientres me dan una llamada, seré su mejor amigo un instante antes de su muerte. Y salió el nombre que esgrimen todos los suicidas. Ya no es Schopenhauer con su amarga visión del universo, ni la explicación de las anomias de un sociólogo, ni la exaltada muerte romántica de unos anglos que hacían de la muerte un “sublime acto poético”, intercambiaron nombres de antiguos filósofos que propugnaban el suicidio, o mejor dicho el arte de morir, y mencionaron a un escritor del siglo veinte llamado Cioran. El chico que empezó a hablar de Cioran tenía el pelo que le caía por el rostro, y cada vez que mencionaba la palabra “libertad” se arreglaba el mechón que se le metía al ojo izquierdo. Y si no entendí muy bien, porque el maldito carro roncaba como un enfermo cuando aceleraba, así que trataré de imaginar que: “la sola razón de pensar y hablar del suicidio les quitaba esa idea de la cabeza”, y era como una especie de lo que yo sentía en ese instante. Pensaba en asesinarlos, pero la sola idea de asesinarlos me hacia pensar en sus muertes sublimes y me quitaba todas las ganas.
Cuando bajé en el malecón, ellos bajaron conmigo y se compraron sendas raspadillas y se sentaron cerca al muelle y empezaron a mirar los culos de las mujeres que pasaban delante de ellos.
Me asombro de convertirme en un buen monstruo.
Y esos chicos suicidas son demasiado alegres, comparados con los amargos. La vida apesta, dicen y arrastran su cuerpos por las calles reclamando una mirada o una caricia, para luego rechazarlas. E intercambian correos electrónicos con otros como ellos y eso es la puerta para formar una comunidad o un foro—la nueva forma de terapia en grupo— para intercambiar depresiones o angustias, o frases como “mi mundo apesta más que el tuyo”, “maldigo el día de mi nací-y-miento”; no sé si ellos no han visto en las calles las miles de personas que no pidieron ser engendrados al igual que sus padres; nadie merece estar respirando este aire pero aquí estamos dando movimiento a esta rueda, claro que otros se encadenan bajo el peso de ésta, y nos joden con sus gritos y quejidos y ayes inútiles a nosotros, los que damos un paso al costado para descansar un rato del espectáculo más dramático que cualquier círculo infernal imaginado por dante. Tenemos que recordar la máxima de los que no rondaron la idea de la muerte como su discurso para llenar sus días grises, sino como la idea suprema, los estoicos: sustine et abstine, soportar y renunciar.
Yo aun no renuncio, y la sola idea de viajar mañana hacia el sur me tranquiliza. El viaje es una hermosa forma de soportar.



Confesiones de un lector de mierda

«De hecho, el mundo está lleno de locos.
Es suficiente para deprimirte.»



Jack Isidore era un idiota tan normal, un artista en serio, y si lo hubiese tenido frente a mí me hubiese causado cierto miedo, como nos causan los que de han conquistado su libertad saltando la valla de nuestras corduras. Aunque no me gusta mucho la literatura, he encontrado una novela interesante y desbordante de un escritor de ciencia ficción Philip Dick, el creador de la novela en la que se basó el director R. Scott para filmar Blade Runner, una de las primeras películas que plantea la idea de una sociedad controlada, donde unos androides tiene sentimientos humanos; y otras películas adaptadas de sus libros como El Vengador Anónimo y Minority Report. Dick es el escritor de los paranoicos, hombre que abrazaba causas perdidas. Puedo soportar leer a este escritor mediocre y olvidado, mucho más que leer a Asimov o a Borges, que nunca pude terminar de leer un sólo cuento.
Al principio su título me pareció interesante, “ Confesiones de un artista de mierda”. Es una de sus novelas que no tiene nada de ciencia ficción, sino de la ficción descarnada e irónica. Al empezar a leerla entendí que es una novela-puñal, me la imagino así. Era como si al fin encontrase a alguien que me diría cómo MIERDA es un artista. Y desde el inicio nos golpea con un “En realidad, hay un problema aún mayor. No nos sentimos cómodos en ninguna parte. ¿Por qué?”. Jack tiene una mirada desnuda de las cosas más sencillas. Su padre le quemaba sus libros. Calculaba los kilos de luz que llegaban a la tierra. Y pertenecía a una familia de alucinados. Su hermana, una flacucha egoísta y grosera interesada en deportes masculinos, casada con un panzón bebedor de cerveza y antipático que no podía ni siquiera comprar unos tampax para su mujer que se desangraba por la menstruación, entró a una tienda y llenó el carrito de un montón de cosas que no necesitaba sólo para lleva el tampax, pero al último momento no pudo y lo dejó en los escaparates. cuando los compró y su mujer se lo agradeció le dio una paliza. Cuando este patán murió, le dejó mil dólares para un sicoanalisis, y Jack Isidore esperó que retornase a la vida porque eso confirmaría la teoría del apocalipsis. Jack es como el quijote, un loco en medio de un mundo de ruines que eran más cuerdos y dañinos que él.
“Por supuesto, no es inteligente pasarse en eso de echarte la culpa. Yo había tenido una teoría que no podía ser verificada hasta el veintitrés de abril, y, por lo tanto, hasta ese momento no se podía afirmar rotundamente que estaba loco por creerla. Después de todo, el mundo podría haber llegado a su fin. En cualquier caso, no fue así. Todos ellos, Fay, Charley y Nathan tenían razón.
Tenían razón; pero, pensando en ellos, llegué a la conclusión, después de un período de dura meditación, de que ellos no eran mucho mejor que yo. Quiero decir, también hay un montón de basura en lo que ellos tienen que decir. A su manera, están muy cerca de ser un grupo de lunáticos, aunque, posiblemente, no resulte tan evidente como en mi caso.
Por ejemplo, cualquiera que se suicida es un chiflado...
De modo que no me parece que yo deba ser la única persona que ha de cargar con la responsabilidad de creer en una idea reconocidamente ridícula... De hecho, el mundo está lleno de locos. Es suficiente para deprimirte.”
Al final lo mejor siempre es declararse loco, antes que los cuerdos nos destruyan totalmente.

Los personajes creados por Dick están llenos de humor negro y de una miseria que haría compadecer a cualquiera. Y es un escritor altamente recomendable y combustible, y si no tengo mucha experiencia como lector de literatura, mis desvaríos en la filosofía, mi paso fugaz por una facultad de filosofía, se fueron abajo cuando me percaté que existía un Phillip Dick, capaz de mostrarme lo que mis búsquedas y cabezazos no me enseñaron.
En una conferencia, él habló sobre las ideas que nos empujan al proceso creativo, cuando uno descubre que el pensamiento está vivo:

“¿Qué quiero decir al afirmar, a propósito de una idea o de un pensamiento, que está vivo? ¿El que aferra a los hombres y los utiliza a fin de aparecer en la corriente de la historia humana? Los filósofo presocráticos tal vez tenían razón: el cosmos es una vasta entidad pensante. Y que no hace otra cosa más que pensar. En este caso, una alternativa: lo que nosotros llamamos el universo es simplemente una forma o un disfraz que toma esa entidad; o dicho de otro modo, ella es en cierta forma el universo... Se pueden hallar muchas variaciones a este punto de vista panteísta, y de todas ellas la que prefiero es la que imita cuidadosamente el mundo que creemos percibir cada día, de modo que somos engañados constantemente por ella. Este es el punto de vista de la más antigua religión de la India; en cierto modo, es también la idea de Spinoza y de Alfred North Whitehead: el concepto de un Dios inmanente, de un Dios en el interior del universo, no el de una entidad trascendente que debido a ello no forma parte del mundo. Como dice la máxima sufí: “El obrero es invisible en su taller”, donde el taller es el universo y el obrero es Dios. Pero esta idea expresa además la noción teísta de un universo creado por Dios; por mi parte, yo digo: quizá Dios no haya creado absolutamente nada sino que simplemente exista. Y nosotros pasamos nuestras vidas en su interior, de él o de ella, o de «ello», si no tiene sexo que podamos definir, preguntándonos constantemente dónde podemos encontrarlo.
Me ha gustado seguir estas vías de pensamiento durante varios años. Dios está tan cerca de nosotros como la porquería que llena nuestro cubo de la basura...para hablar con mayor exactitud, Dios es la porquería en el cubo de la basura. Pero un día un pensamiento malévolo entró en mi espíritu... y era malévolo porque minaba mi maravilloso monismo panteísta del que estaba tan orgulloso. ¿Y si van a ver ustedes cómo este escritor de ciencia ficción en particular encuentra sus historias-, y si existiera una pluralidad de universos alineados a lo largo de una especie de eje lateral, en ángulos rectos con relación al fluir lineal del tiempo? Debo confesar que muy pronto me di cuenta de que había conjurado un enorme absurdo: diez mil cuerpos de Dios dispuestos como otros tantos trajes en un enorme cuchitril, con Dios llevándolos ya sea todos al mismo tiempo, la sea en un orden cualquiera, murmurándose a sí mismo: «Creo que hoy me pondré este en el que Alemania y el Japón ganaron la Segunda Guerra Mundial», añadiendo en seguida: «Mañana llevaré este tan hermoso en el que Napoleón derrotó a los
ingleses; uno de mis preferidos
Esto parece absurdo, y la idea subyacente que hay en él parece insensata. Pero supongamos ahora que trabajamos esa hipótesis y decimos: ¿Y si Dios se prueba uno de esos trajes y luego, por una razón personal, cambia de opinión?» ¿Que decide, para seguir utilizando la metáfora, que el traje que lleva no es el que desea...? Entonces el cuchitril lleno de trajes se convierte en una especie de secuencia progresiva de mundos tomados utilizados un momento y luego arrojados en favor de otro mejor. Llegados a este punto, podemos preguntar: «¿Cómo se sentirá el traje rechazado de pronto, cómo se sentirá el universo así abandonado? ¿Qué experimentará?» Y aún más, y esto es muy importante para nosotros: ¿qué cambio experimentarán, si es que hay alguno, las formas de vida de este universo? Puesto que tengo el presentimiento secreto de que esto es lo que ocurre exactamente; y tengo también la intuición de que los miles de millones de formas de vida implicadas tendrán la impresión -falsa- de que nada ha ocurrido, de que nada ha cambiado. Formando parte ahora de un nuevo traje, imaginarán que siempre han sido llevadas... que siempre han sido iguales, con su bagaje completo de recuerdos que prueban la exactitud de sus impresiones subjetivas.».