Crisis personalesTengo un mal crónico. Mi cuerpo se sacude involuntariamente y tengo que tomar pastillas toda mi vida. la vida me ha demostrado que es una lucha contra mi propio cuerpo, una lucha perdida si me dejase caer siempre.
El orden de las crisis no altera el producto
Y sobre la arena murmuré que el final no llegará
Palpé su brazo lleno de carne. No parecía real, ni siquiera sus movimientos parecían de una mujer. Ni de un animal ni de un ser vivo. Como si algo inmaterial se escurriera por mi cuerpo, mostrándome una hilera de finas agujas dentro de un agujero. Me levanté y me senté en un extremo de la cama. Un leve mareo. La turbación previa. Ella empezó a acariciarme, y a susurrarme que se la meta, sentí pavor mezclado con una sensación de vómito. Caí al suelo y me vino el maldito ataque. No pude soportarlo, justo en este momento. Elena, así me dijo que se llamaba, se levantó aterrada y lanzó alaridos de auxilio. Allí se me apagó todo. Cuando me levanté, y recobré poco a poco la conciencia, vi a tres mujeres semidesnudas a mi alrededor, dándome aire. Me saqué el trapo de la boca lleno de baba y Elena me gritó enojada que le había hecho perder varios clientes. Le pagué quince soles más, y me vestí con rapidez, avergonzado por mi ataque y porque esas putas tenían compasión por mí.
La luz roja del pasillo envolvió mi cuerpo. las puertas de los cuartos se abrían y se cerraban con golpes secos. Las mujeres aburridas llamaban a los hombres que se paseaban mirándolas con deseo, acercándose para hablarles sin dulzura. Una chica me tocó el cuerpo con su mano, la sentí fría y seguí deslizándome aferrado a las paredes para no desvanecerme, una melodía me suspendía, una caricia que me circundaba como si levitase en un paisaje hecho para caer despacio. Me deshice en una esquina, sudaba gotas de hielo. Vi la puerta que se abría a la oscuridad y al desierto. Allí me dirigía, avanzando con la ebriedad de los instantes finales hacia la noche, entregado a la boca de ese titán que todo los trastocaba en terror y escoria.
No estaba en un infierno y tampoco me dirigía hacia una especie de cielo. Me dejé caer en la arena y murmuré palabras ininteligibles. El aire me elevó de nuevo y subí sobre una barca que cruzaría el río de la muerte, y atravesaré otra vez los túneles de luz hasta llegar al parque de los camaleones donde la vida era un gran estallido de vegetación y ceguera y pequeños monstruos que reconstruirían mi cuerpo como a un tejido antiguo deshecho en una batalla contra el tiempo.
Home, sweet home- super freud y todos sus amigos al rescateMi familia podría llamarse una familia normal: mi madre no se desprende del tabaco mientras revisa los periódicos, una vieja manía que le quedó de su trabajo de editora en una empresa periodística hace más de veinte años, mi padre viajaba constantemente a otras provincias por su negocio—ahora yo lo hago en vez de él, no sé si comencé a viajar para huir o, sentirme vivo de nuevo—, mi hermana vive en casa con su tres hijos, uno más enfermo que el otro, porque su marido la golpeaba brutalmente y ella tuvo que refugiarse de nuevo con todos nosotros. Y yo, en fin dejé mis estudios para hacerme cargo de los escombros del negocio familiar. Si pensamos en todas las manías y taras inventadas por Sigmund Freud, necesitaríamos terapias millonarias que nos pondrían al borde del colapso nervioso y económico hasta eliminarnos. No creo que nos entreguemos a la pobreza por la salud familiar. Recuerdo que una tarde vi a mi padre buscando una viga donde colgarse. Su negocio se había ido a la mierda, de la única manera que podemos imaginarnos a irse completamente a la mierda, en los ochenta. Un camión en la selva había sido saqueada por el mrta y mi padre había invertido una buena suma de dinero, y como el destino cuando muestra sus fauces mas feroces arrasa de una buena vez, el presidente alto y muy teatral acabó por joder la salud de nuestra familia y la de mi padre, ese presidente fue más dañino que cualquier acto terrorista. no sé porque elegía ese efecto teatral de colgarse de una viga en una casa construida de material noble. Se sostenía de los vanos de las puertas y probaba si resistía sus casi ochenta kilos. En el bolsillo del pantalón llevaba una soga de nylon verde. Era gruesa y fuerte. Yo lo miraba en silencio, lo seguía sin que el se diese cuenta, o creo que él ya se había percatado que estaba observándolo sin decirle nada; creo que no lo hizo porque vio que a mi me importaba poco, o porque no quería abandonarme.
A mis ocho años, yo había descubierto en mí una insensibilidad digna de un verdugo, además de mis ataques frecuentes. Recuerdo una historia que marcó definitivamente mi niñez. La revolución francesa. Lo leí en los libros de historia de mi hermana mayor. No me importaba el lema de libertad, fraternidad e igualdad. Me imaginaba que era el verdugo que soltaba la guillotina que cercenaba las cabezas de los reyes o de los condenados a la pena de muerte. No se necesitaba estudiar para hacer rodar las cabezas, me parecía tan perfecto el método que con sólo soltar un mecanismo la hoja pesada se deslizaba a una gran velocidad, cortando el aire con un efecto musical del silbido y el golpe mortal. En mi cuarto empecé a imaginar nuevas máquinas mortíferas. Deseaba superar a Schmitt, el verdadero inventor de la guillotina. Aunque sabía de la silla eléctrica o de las inyecciones letales, deseaba inventar una máquina que aumente el efecto “cinematográfico” que tiene la muerte por la decapitación de la cabeza. Una ejecución debía ser un espectáculo lleno de horror y belleza. Imaginé una especie de pulpo mecánico con cuchillas que aparte de decapitar, desmembrase al mismo tiempo, sincronizadamente. Hice mis apuntes y mis bocetos en mis cuadernos escolares. Mis primitivas máquinas las probé con unas lagartijas, pero siempre acababa cortándome y la lagartija se escabullía entre la puerta y huía. Era un desastre, pero era el precio que tenía que pagar por mis delirios infantiles.
Hasta que un día llegó Clara, una amiga de mi madre, que tenía una enormes tetas que me gustaba que me apretase contra ella al saludarla. Su marido era un psicólogo que trabajaba en una clínica y en el hospital de los policías. Y no sé por qué la amiga de mi madre llegó en su próxima visita con su marido. Tenía un enorme parecido al gordo cómico bud spencer. Cuando se reía lanzaba una carcajada que contrastaba con la seriedad que ponía cuando me miraba y me preguntaba sobre mis ideas infantiles. Algo malo vio en mí, pues me envío con un siquiatra. Allí no le dije nada de mis máquinas mortales y le dije que yo quería a mis padres, que los problemas que ocurrían en mi casa ya iban a pasar, que me gustaba ir al colegio y jugar con mis compañeros. Y otra vez vio algo malo en mí, y me recetó unas pastillitas. Todos pasamos por Freud Spencer. Después de las comidas empezábamos el concierto sincronizado de chorros de agua, sonidos de la tableta que crujía y la engullida final. Todos al mismo tiempo. mi madre, mi hermana mayor, mi padre y yo. la casa de los zombies. La casa entraba en una especie de lentitud, el letargo farmacológico. MI madre encendía en cámara lenta un cigarrillo, mi hermana se quedaba enganchada al televisor hipnotizada por el galán de telenovela y yo cada vez con menos ideas para mis máquinas mortíferas. Mi padre se marchaba a sobrevivir esta barca de un noé que se equivocó de animales y de diluvio.
Y de tanto antidepresivo mi hermana encontró el sexo para compensar la lentitud. Y para acabar de compensarla parió una niña a los dieciséis años, de Hugo, un hombre que lo único que hacía bien era babear la cuchara mientras comía. No tenía ningún vicio. Motivo suficiente para sospechar que algo andaba mal en el cerebro de este tipo. Mi padre mandó a la mierda las pastillas y mi madre aprovechaba para darse doble dosis. Y yo, para internarme más en mis nuevas lecturas de los transformers y robotech, a full color en unas revistas que me regalaba la amiga de mi madre, había descubierto que si me hacía el dormido nadie me fastidiaría. Y me “ dormía” todas las tardes después de llegar de la escuela.
Y otra vez entró Freud Spencer & CIA a poner en orden a mi familia. Nunca lo consiguieron. Al menos ellos no ayudaron mucho a mi familia, yo me las arreglé cómo pude. De alguna manera, descubrir la filosofía respondió a algunos desconciertos que me acosaban. Nunca necesité de fórmulas ni de buenos consejos. Empecé a leer unos libros de una colección de historia del pensamiento. Allí encontré algo que me ayudo a desentrañar ciertos misterios y abrirme hacia otros. Estos libros me alejaron de los fantasmas, de los sicoanalistas y de las sucias enfermedades.